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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Filosofía de Butaca #2 - Descorche de taquilla

Prefacio
No me disculparé más; aunque pensándolo bien, entradas a razón mensual no parecen demasiado terribles. Los dejo pues con la de noviembre.

Descorche de taquilla

Tenemos todos que aceptar que la mayoría de las veces en que algo nos parece ridículo e irrelevante es más bien por ignorancia, o al menos por indiferencia, que por obra del buen juicio. Un ejemplo: pocas cosas me parecen tan apabullantemente ridículas como la cata de vinos; no el gusto por los buenos vinos, o la capacidad de diferenciar un buen vino de uno malo. Me refiero al ritual catatónico de la degustación de vinos, en las que he escuchado descripciones como “audaz” o “atrevido” ¡Cómo diablos va a ser audaz un vino! Sin mencionar que la mayoría de las personas que he observado descifrando cosechas y regiones con la nariz se conforma, a mi recatado parecer, por petulantes ricachones.
                No obstante, admito abiertamente que este punto de vista no lo baso en argumentos clínicos ni filosóficos; simplemente nunca me ha parecido interesante o relevante esta práctica, como no me interesan tampoco las carreras de caballos o los resultados de los certámenes internacionales de belleza (sólo los resultados; el proceso no me es del todo indiferente). Pero seguramente si contara con algo de conocimiento en las áreas que componen estas disciplinas o estuviera de alguna manera involucrado en ellas, me resultarían bastante más dignas de interés; habría, por ejemplo, agregado al listado anterior el mundo de las tendencias en moda, pero The Devil wears Prada me proporcionó una perspectiva similar a la que no he experimentado con el resto de las materias mencionadas.

Mmm... quizá algo así avivaría un poco el interés.

                Traigo el tema a discusión en esta su columna de cine, porque hay una práctica en la cultura cinéfila que, me parece, recibe este tipo de trato de parte de la mayoría: la crítica de cine. Como se ha hecho notar con anterioridad, el espectador común no regula en ninguna medida mayor a su gusto por un actor o un género las películas que ve cada vez que acude al cine, llegando al punto de presentarse en la taquilla sin haber pensado siquiera cuál quiere ver. No juzgaré (de nuevo) esta actitud, incluso le daré el beneficio de asumir, momentáneamente, que el cine tiene como principal función entretener y alejarnos de la vida cotidiana. Pero aún si lo único que se requiere es un relajante periodo de desmentalización, nunca está de más un poco de información previa sobre lo que vamos a ver; después de todo, uno no va al peluquero sin pensar antes si quiere sólo un despunte o una revolución total de look, ni decide entrar a un restaurante italiano y luego se pregunta por qué no hay sushi en el menú.
               Y aún con todo lo anterior, el grueso de la población decide ignorar, si no menospreciar, la opinión de la crítica especializada, creyendo que es un montón de ultraderechistas del cine, o de presuntuosos sabelotodos que no se conforman si cada película no es exactamente como la esperan; y aunque admito que por desgracia hay demasiados habladores que refuerzan este molde, una actitud más sensata sería creer que seguramente saben más del tema que la mayoría, y que su perspectiva, más informada que la propia, debería ser tomada en cuenta. Sí, los catadores de vino son unos engreídos cuya mayor preocupación será decidir en cuál ojo se pondrán el monóculo cada noche, pero seguramente saben mucho más de vino que yo, que en realidad no tolero las menores concentraciones de alcohol, y si por alguna razón me encuentro con una copa que ellos hayan recomendado, tendré un punto de partida para pensar que un sorbo de ella será considerablemente mejor que el vino empacado en TetraPack.
                Además, la imagen del crítico huraño pasado de peso por tanto estar sentado y por tanto quejarse de cada película que no es una emulación íntegra de Citizen Kane se ha convertido en un paradigma ya casi falto de todo valor. Para el verdadero bien de toda la comunidad, la crítica cinematográfica ha migrado de la postura ultraconservadora a una que entiende que, de hecho, la función del cine no es únicamente entretener, sino entender distintos círculos sociales, distintas formas de pensamiento, distintas estéticas y culturas a las que distintas películas se dirigen o de las cuales se expresan. Existen perspectivas críticas que entienden los puntos dignos de valoración tanto del cine de autor como de los filmes de grindhouse¸ de los festivales internacionales como de los maratones de clásicos de la ciencia ficción. La crítica entiende a los diferentes públicos y las películas que apelan a cada uno, precisamente porque dicha crítica mana del conocimiento que se ha colectado con el tiempo en cada uno de estos nichos; y las más inteligentes y visionarias deshacen incluso estas últimas líneas, encontrando los puntos de comparación entre las propuestas más aparentemente disímiles. La crítica, la buena crítica, que hay que aprender a reconocer, enriquece la experiencia de todos los espectadores, tanto de los que no dejan de perseguir cada corte en la edición, como la de los que no recuerdan bien el nombre del actor principal.
                Por mi parte, la próxima vez que brinde con un Marqués de Griñón 1999 (que no será demasiado pronto, de cualquier manera) y lo disfrute, pensaré que si me resulta más estructurado y potente en la boca que uno más aromático y sutil, sabré a quien agradecerle la experiencia.
                Más estructurado… ¡qué diantres!

martes, 4 de octubre de 2011

Filosofía de Butaca #1 - Cinéfilos y cinéptas

Prefacio:

¡Ah, caray! Un mes sin entradas. Sí que me hace falta más ocio. ¿Y lo peor? Esta entrada es invitada. El invitado de ahora... de hecho soy yo, pero con una colaboración externa, escrita con fines algo distintos a los de blog, aunque con un tema hermano, el cine. Seguramente notarán el tono bastante menos soez de este artículo, pero lo añado para no dejar al blog tan solito, y porque el asunto que trata es más que pertinente.
       Sín más, los dejo con la primera sesión de Filosofía de Butaca.

Cinéfilos y Cinépatas


Bien, lectores y degustadores de cine y de la cháchara filosófica, sean bienvenidos a Filosofía de Butaca, en donde estaremos hablando de cine; particularmente, hablaremos y pensaremos sobre la experiencia del espectador desde la butaca, no sólo, y de hecho en la menor medida, de películas en particular, sino de todos los elementos que se involucran en el delicioso, relajante, excitante, catártico, abrumante, desgastante y a veces confuso arte de la apreciación cinematográfica. Si se encontraron con el artículo anterior, seguramente ya tienen una buena idea de nuestra dinámica.
                Tratemos en esta ocasión una cuestión, me parece, bien emblemática de esta experiencia, pese al hecho de que muy pocas veces pasa por la mente de quienes tenemos la costumbre de presentarnos con regular frecuencia en las taquillas.
              El asunto es el siguiente: existen dos clases de personas que asisten a las salas, aquellas a quienes les gusta el Cine (mayúscula deliberada), y aquellas a las que les gusta ir al cine. Los primeros se caracterizan por tener, en general, y no necesariamente de carácter sobre-especializado, un conocimiento cinematográfico amplio, actores, directores, géneros y demás datos básicos acerca del pasatiempo que tanto disfrutan. Y créanme cuando digo que no me refiero exclusivamente a algunos de los gurús de la cinematografía de los que seguramente conocen uno o dos, de esos que enlistan la filmografía entera de los cineastas de culto, o señalan las características clínicas de los parteaguas de uno u otro género, pues no cualquiera tiene la oportunidad de adentrarse en este, por desgracia, no tan amplio sector; se trata simplemente de la responsabilidad y privilegio personal de disfrutar lo que se ve en el cine, siguiendo exclusivamente el gusto propio, sin repetir hipócritamente lo que algún crítico de pantalla diga, o alabar cintas clásicas que de plano no pudieron soportar hasta el final. A esta variedad de individuos los llamaremos cinéfilos.
                El otro sector de la población peliculera se conforma por personas algo menos comprometidas con la producción fílmica, de gusto que no llamaré inferior, pero sí menos identificado, que decide qué película quiere ver no al momento de escuchar sobre la fecha de su estreno o de enterarse espontáneamente de alguna reseña, sino en el momento de escanear la cartelera a metros de la ventanilla de los boletos. Personas que tienen la costumbre, evolucionada a veces en compulsión patológica, de asistir cada miércoles o cada sábado a su sala de proyección favorita, sin importar la naturaleza de su oferta, porque, caray, lo que no faltará serán películas que ver. En el más informado de los casos, escogerán su película por los actores que aparecen en ella, que los buenos cinéfilos sabrán, no es tan mala idea de vez en cuando, pero los actores no indican por ellos mismo la calidad de las películas en las que aparecen (“I’m looking at you, Johnny Depp”). A este bastante más amplio círculo me gusta llamar cinépatas, porque para ellos el cine es más impulso que gusto.

"Ahhh... miércoles... miércoles de 2x1... ahhhh..."

                Pese a la aspereza de la última afirmación, no creo, en principio, que la segunda postura sea esencialmente mala o peor que la primera, o que hubiera que evitarla en favor de la contraria. Creo que el cine, como toda forma particular de manifestación artística, no tiene que acaparar la atención o el gusto absoluto de quien quiera disfrutarlo de forma ocasional. Yo por ejemplo, no soy ningún experto sabedor de pintura, no conozco muchos más nombres que los clásicos o los muy publicitados, no sé reconocer en su entera constitución sus elementos formales, perspectiva, iluminación, tendencia, etc., como sí podría hacerlo con la fotografía, el guión o la edición; no son de ninguna manera limitantes estos aspectos de mi formación (o falta de ella) para asistir a una muestra o galería, aunque no sepa bien realmente a lo que me enfrento, y no dejo de gozar una experiencia como ésta, como no debieran dejar de disfrutar un película los aficionados casuales.
                El problema es que el cine, como medio, es fundamento de la percepción estética de la sociedad actual. En términos más bondadosos: todos vemos cine, no es nuestra elección preferir al cine como uno de nuestros pasamientos predilectos; es pasatiempo predilecto de todos, aún de quienes no les gusta realmente, de quienes no lo aprecian en su totalidad, que, reitero, no es por inmadurez o irresponsabilidad (al menos no en muchos de los casos), sino por el más puro gusto particular, individual. Nuestro contexto cultural no ofrece alternativas artísticas para que quienes no se interesen naturalmente por los filmes, pudieran hacerlo por la arquitectura, la fotografía, el teatro, o ya por lo menos por formas de cine distintas a las de la oferta convencional, tema seguro para otra sesión de filosofía butaquera.
                Por lo pronto, y para terminar de una buena vez, los dejo con esta reflexión: el cine es para disfrutarse, por quienes lo quieran disfrutar, por todos, pero no pretendamos que todos deban ser expertos analistas, ni que todos debamos de dejar de tomarlo tan en serio; espacio y oídos hay para todos. Pero sí recomiendo que no se conviertan en cinépatas, no se acostumbren a ir al cine, gócenlo, y si no tienen ganas de cine, hay muchas otras experiencias por descubrir; si se dan la oportunidad, seguramente expandirán los límites de todas las áreas de su vida, y cuando regresen a las salas, los esperaré junto a mi butaca.

martes, 23 de agosto de 2011

En los Ocios de mi Padre - Entrada Invitada

Bienvenidos a la primera de lo que espero sean más entradas de autores invitados. En esta ocasión, el joven Josué Peniche, a quien nombro abiertamente por no haberme pedido que guarde su anonimato. 


Keep it in the family
Por: Josué Peniche Arellano

Si es usted uno de esos cinéfilos que tienden a realizar críticas prejuiciosas o sencillamente no tienen tiempo para ver lo que denominan “mal cine”, amablemente le digo: puede usted olvidarse de esta reseña y utilizar su valioso tiempo en cosas “más productivas” que esta humilde opinión. Empero, si pertenece usted a un grupo aún más selecto, que sin duda también aprecia profundamente el séptimo arte, y de vez en cuando decide darle una oportunidad a cierto filme a pesar de no lucir prometedor, con gozo le invito a continuar su lectura.
En esta ocasión comparto las notas mentales que dejó en mí una comedia romántica –sí, leyó usted bien: comedia romántica– que sin duda alguna reafirma la idea de que no todo está perdido. Si bien Life Magazine le ha llamado el hombre más cómico, Steve Carell puede no ser santo de su devoción, mas ahora no hablaremos de Steve; sino de su personaje: Cal, un hombre cuyo matrimonio termina tan súbitamente como el acto de lanzarse de un auto en movimiento cuando su esposa Emily (Julianne Moore) sigue intentando explicar las razones de su decisión.
Baste decir que verdaderamente se trata de una comedia bien hecha y que honestamente le invito a ver en el cine de su preferencia, para incluir la presencia de Ryan Gosling, quien interpreta a Jacob: Naturalmente, si está usted familiarizado con Gosling, sabrá ya que interpreta al “todo conocedor” hombre-seductor que iniciará a Cal en el arte de la conquista; pero no sólo eso, pues su protagonismo en la historia será aún mayor cuando efectivamente, su papel se apegue a uno de los más conocidos clichés y encuentre a la chica que con la que desea sentar cabeza (Dama: Favor de omitir la siguiente línea. Varón: haga caso omiso a ese pensamiento en doble sentido). Y sí, “curiosamente” Jacob y Cal tienen en común más de lo que imaginan.
Y si aún se sigue preguntando ¿por qué debo de ver una comedia igual a las demás? Puedo responderle que debe verla sencillamente porque no es igual a las demás. Construida básicamente sobre tres escenarios, expone no sólo la conocida metamorfosis de un perdedor que desea recuperar el amor de su esposa, sino la visión de este mismo sentimiento por parte de Robbie (Jonah Bobo) el hijo de Cal, y su niñera Jessica (Analeigh Tipton). Y si acaso observar las vicisitudes que suponen el enamoramiento de un hijo adolescente hacia su niñera, que a su vez desea profundamente hacerse notar con el padre del chico; puede agregar a este cocktail las repentinas apariciones de Kevin Bacon interpretando al culpable del divorcio de Cal y aún más, el modo inesperado en que la vida de cierta jovencita (Emma Stone) llega a formar parte de una avalancha cómica muy bien construida.
Ahora bien, sabe usted perfectamente que la mayoría de estas películas terminarán con un final feliz, pero vamos, la sociedad actual demanda un poco de fantasía y grita por esperanza; y por más falsa que sea la esperanza, este elemento básico en el género no arruina en ningún sentido la experiencia fílmica, al contrario, le deja un buen sabor de boca y le permite abandonar la sala sabiendo no que el amor siempre triunfa –no, por favor, no sea tan ingenuo–, sino que no todas las comedias románticas son escritas con los pies, y filmadas con… Bueno, el punto acá es que ciertamente no todo está perdido, e indiscutiblemente observar los problemas ajenos será siempre más divertido que vivir los propios.
Así que a pesar de no obtener ninguna especie de comisión por parte de “la Warner”, le invito una vez más a disfrutar de Crazy, Stupid, Love, cuyo nombre omití intencionalmente por si quizá alguno de esos cinéfilos “esnobistas” –como cierto amigo les llama– curiosamente se aventuraba en esta lectura. Y como bien enseña Jacob: Be better than the GAP!.


Crazy, Stupid, Love (2011)
Director: Glenn Ficarra, John Requa
Guión: Dan Fogelman
Cal: Steve Carell
Jacob: Ryan Gosling
Emily: Julianne Moore
Hannah: Emma Stone
Jessica: Analeigh Tipton
Robbie: Jonah Bobo


Bien, espero que hayan disfrutado de esta crítica, muy ad hoc con lo que ya habíamos platicado acá sobre el Cine de arte y el Cine convencional. Aprovecho para hacer un par de recomendaciones del tan tristemente mal afamado género de la comedia romántica (es que hay algunas que se lo ganan a pecho, ¡me cai!):
*Breakfast at Tiffanie's
*How to loose a guy in 10 days
*Someone's gotta give (Es larguéeeeerrima, pero se soporta por tan buen reparto y tan buenos diálogos)
*Music and Lyrics.
*Pretty woman.
*Amelie
*500 days of summer.
*Y mi eterna favorita, aunque de hecho yo mismo no creo que quepa en este género, más bien a penas lo rosa, pero normalmente se cuela en listas de este tipo, y simplemente no podría dejar de recomendar: The Devil wears Prada.
-Por ahí me han dicho que "No strings attached" con Natalie Portman y Ashton Kutcher no está nada mal, habrá que comprobarlo.

Aprovecho también para invitar a una nueva dinámica de comentarios, inspirada por esta entrada, y que espero sirva para que se animen a comentar muchos más que los que hasta ahora. Simplemente, además de los comentarios clásicos de opinión o felicitaciones (o quejas, que también para eso están), hagan sus propias recomendaciones sobre películas, libros, música, juegos y de lo que quieran que ayuden a ilustrar y comprender mejor cada tema que abordemos.

Les dejo la página de Facebook nuevamente para que se enlisten, y nos leemos la próxima.